jueves, 23 de octubre de 2014

EL RENEGADO (1)

Un ángel caído llamado Daniel desafió a las fuerzas del bien y del mal al elegir su propio destino. Ahora, es un renegado que huye de su pasado y que intenta proteger a su hija de un futuro al que está predestinada. 


Hace un tiempo (no muy concreto) antes de cristo.

Era una noche negra, la luna se encontraba cubierta por unas nubes oscuras, y el camino era pesado y laberíntico.
Si no hubiera pasado por allí mil veces, ya habría caído prisionero de la naturaleza. El viento casi le arrancó la capucha de la cabeza pero eso no impidió que continuara el trayecto.
Las enredaderas luchaban por atraparle y entre los árboles parecía haber mil ojos observándole.  
Entonces escuchó el traqueteo de un carruaje acercarse por su espalda. Había empezado a llover y la niebla cubría todo el camino, por lo que tuvo que detenerse y esperar.
Sus ojos estudiaron al hombre que conducía el carruaje, cuando este se detuvo frente a él.
-¿Qué hace aquí? ¿no ve que está lloviendo?
Él no respondió. Sin quitarse la capucha, rebuscó en uno de los bolsillos y de él sacó el dibujo de una joven.
-¿Ha visto a esta mujer?
El hombre observó el dibujo con detenimiento y señaló el castillo que se erguía, majestuoso, en lo alto de la gran colina. Justo lo que suponía.
-Hace un rato he visto a unos hombres arrastrar a esta mujer, maniatada. Pensé en ayudarla pero el siniestro aspecto de sus captores me hizo entrever que no me metiera. Decían algo sobre un castillo.
Daniel asintió con el ceño fruncido y observó todo el camino que le quedaba por delante, intentando no pensar en aquella escena demasiado. se volvió hacia el hombre y se despidió con un leve asentimiento.
-Gracias, muy amable.
Y continuó su camino, con los dientes fuertemente apretados, recordando todo lo que había vivido hasta ahora, todo lo que había cambiado. Ninguna acción se queda sin consecuencia.
Se llevó la mano al pomo de su espada cuando estuvo frente al gran portón del castillo. Fuera, ya olía a moho, lluvia y pino. La gran puerta cedió con un chirrido y se internó en la oscuridad. Dentro, se despojó de la capa negra para conseguir más ligereza por si le asaltaban y la tiró a un lado.  
Habían pasado siglos desde que lo expulsaron, y todo por un capricho absurdo, por pura codicia. Ahora, todo era real. Lo que sentía era sincero. Y aunque no había dejado de ser el mismo, sus sentimientos sí que habían cambiado.
-¿De visita, Daniel?-era una voz que le resultó horriblemente familiar.
-¿Dónde está ella?
-Tu querida Mirella está bien.
Daniel resopló profundamente por la nariz y le atravesó con la mirada llena de furia. Aún así no perdió su calma.
-Déjala libre. Vuestro problema es conmigo.
Una sonrisa apareció en sus labios y a continuación se arrancó el colgante que llevaba alrededor del cuello y lo tiró a sus pies.
-No hay escapatoria. Una vez que entras, ya no sales.
-No quiero formar parte de esta organización.
-Ya formas parte de ella. Es más, los líderes tienen algo muy especial preparado para ti, en caso de que no quieras regresar.
Daniel sabía que se refería a Mirella. No pensaban dejarla con vida. De momento, solo podía tragarse su orgullo.
-Quiero verla.
-No estás en condiciones de dar órdenes.
-No es una orden.
Él asintió con la cabeza y le hizo señas con la mano para que le siguiera. Daniel no lo perdió de vista ni un solo instante mientras seguía sus pasos hacia la planta superior.
Al llegar al final de las escaleras, se escuchó un ruido procedente del final del pasillo seguido de unos golpes. A Daniel se le cerraron los pulmones, e hizo el amago de salir corriendo hacia allí pero el hombre que lo guiaba lo detuvo.
-La espada-le indicó-no entrarás ahí armado.
Daniel hizo caso a lo que le dijo, repitiéndose una y otra vez que si Mirella había sufrido algún daño lo pagarían caro.
No había tiempo de preguntar, ni siquiera pidió permiso para entrar dentro de la habitación. Daniel se precipitó dentro y cuando lo hizo la puerta chocó contra la pared despegando el yeso que la cubría.
Recorrió aquella estancia triste, oscura y siniestra con la mirada. Nunca había sentido tanto miedo como en el instante en el que sus ojos se posaron en la silueta de Mirella.
Estaba completamente desnuda en medio de la sala, con el pelo revuelto y enmarañado y heridas y moratones por todo el cuerpo. Al verla, Daniel se arrodilló junto a ella y sintió como las lágrimas se acumulaban en sus ojos. Allí yacía la única mujer a la que había amado, y veía, a cámara lenta, como su vida se le escapaba. Aún estaba viva pero escuchar su respiración pausada, entrecortada, y su lucha por seguir unos cuantos minutos más le destrozó por dentro. Fue incluso peor que cuando le arrancaron las alas. Aquel dolor desgarrador, demoledor y ardiente que sentía en su pecho era mucho más poderoso. Y los segundos se le hicieron eternos.
Mirella trató de hablar pero la agonía que sentía fue suficiente para acallarla.
Daniel levantó la cabeza y clavó sus ojos llenos de furia en Raymond y en Asbeel. Luego dirigió su mirada hacia el hombre que lo había guiado hacia allí, Amudiel.
-Os arrepentiréis de esto.
Los tres rieron pero fue Asbeel quien habló.
-Solo te queríamos a ti. Los líderes te reclaman. Nos diste la espalda, Daniel, por una mujer. ¿Ha merecido la pena?
Daniel cerró los ojos. No quería presenciar el momento en el que Mirella entrase en un sueño profundo, para siempre.
Miró a la mujer que amaba y escuchó lo que ella tenía que decirle. Cuando abrió la boca, de sus labios solo  salieron leves gemidos de agonía.
-Te… te… te qu…-fue lo último que dijo antes de cerrar los ojos. Daniel observó impotente como su corazón dejaba de latir y lamentó más que nunca no estar en posesión de su espada. Lo lamentarían, los líderes lo lamentarían. Todo el mundo lo lamentaría.
-Siento mucho lo de tu chica-dijo Raymond-era una mujer muy hermosa.
Daniel no respondió.
-Es tu última oportunidad. ¿estás dispuesto a reconsiderar nuestra oferta y unirte a nosotros de nuevo?
Daniel hizo un gesto de dolor. Apretó los puños contra sus muslos y cerró los ojos, con la esperanza de que aquello fuese una pesadilla. Pero sabía que no lo era. Mirella estaba muerta y los cazadores de almas lo perseguían para que se uniera a su organización de nuevo. Tenía una idea clara, jamás volvería a enamorarse, u otros pagarían las consecuencias de sus actos; su propia familia.
Entonces, mientras pensaba esto último, y una lágrima resbalaba por primera vez por su mejilla, sintió una punzada intensa y dolorosa atravesarle el cráneo y el sonido de los huesos al romperse. Alguien lo había golpeado por detrás, aprovechando su distracción. Daniel soltó un gruñido de queja y se desplomó junto a Mirella mientras un charco de sangre se formaba alrededor de su cabeza.    
  
                   Continuará...





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