martes, 18 de noviembre de 2014

EL RENEGADO 3


 Un ángel caído llamado Daniel desafió a las fuerzas del bien y del mal al elegir su propio destino. Ahora, es un renegado que huye de su pasado y que intenta proteger a su hija de un futuro al que está predestinada.



-¿Entonces es definitivo?-preguntó Penélope con lágrimas en los ojos. Clavó sus pupilas verdes en él,  afligida y con el rostro contraído por el dolor de la noticia que acababa de darle su marido. Este no apartó la mirada, nunca huía de las palabras que le transmitían los ojos de su esposa, por muy dolorosas que éstas pudieran llegar a parecerle.
-Sí-respondió Daniel, cargándose al hombro la espada con el emblema de los Cazadores de Almas, del cual se avergonzaba.
-¿Cuánto tardarás?-Penélope luchaba por controlar sus emociones y no echarse a llorar.  
-No lo sé. Puede…
No terminó la frese, porque esta podría haber impactado en Penélope de una forma inesperada.  Puede que no regrese, iba a decir.
-¿Has pensado en tu hija?
Daniel, que se encontraba de espaldas a ella recogiendo sus cosas para el viaje se detuvo en seco ante esa pregunta. Se volvió hacia Penélope con rostro inexpresivo.
-pienso en ella todos los días. Por eso me voy. Voy a zanjar este asunto de una vez por todas.     
Volvió a girarse, esta vez para marcharse. Sin embargo, una voz cantarina lo llamó a sus espaldas.
-Daniel. ¿A dónde vas?
Daniel se giró hacia Katherine y la besó en la frente.
-pórtate bien con tu madre.
 Se dirigió hacia la puerta y agarró el pomo con la mano, pero justo antes de girarlo dijo:
-Confía en mí. No la encontrarán aquí.  
Abrió la puerta lentamente mientras su mujer lo observaba a su espalda, y salió del edificio, perdiéndose en la lejanía.
Un par de lágrimas resbalaron por las mejillas de Penélope pero se las secó en seguida con la manga cuando apareció su hija por la esquina, de la mano del padre Bartolomé.
La mujer forzó una sonrisa y se acercó al viejo sacerdote, que en seguida notó que algo la pasaba.
-¿Te encuentras bien, hija mía?
Ella no respondió. Observó a sus hijas corretear por el enorme vestíbulo, a la mayor imitando un desfile de modelos y a la pequeña dando vueltas sobre sí misma, como si fuera una peonza. Ver a sus hijas felices le bastó para olvidar sus problemas.
-No estoy bien, padre. Mi marido se ha ido, dejándome sola y al cuidado de dos niñas pequeña.
-¿Y no crees que lo ha hecho para protegeros?
-Puede. Pero sí lo matan yo me quedo viuda y Lilian huérfana, y lo último que quiero es que crezca sin padre.
El padre Bartolomé la observó con cariño y pensó en todos esos niños y niñas que estaban a su cargo, que habían perdido a sus padres y necesitaban ser atendidos. Aquella escuela era perfecta para Lilian. Nadie se metería con ella y haría amigos en seguida.
-debes confiar en él. Todavía seguís vivos ¿no?
Penélope asintió y por un momento se sintió aliviada. Lilian, subida a una silla, jugaba con la bola del mundo que había encima del escritorio.
Su madre se acercó a ella y cogió a Lilian en brazos, a pesar de las quejas de su hija por seguir jugando.
-gracias padre, lo tendré en cuenta-le dijo al padre Bartolomé-ahora me voy a acostar a la niña. Vamos, Kathe.
Subió las escaleras de caracol hasta el piso de arriba y atravesó el pasillo y las habitaciones hacia la habitación de sus hijas.
-¿Dónde está papá?-preguntó la niña, en los brazos de su madre.
-Tu padre está de viaje.
No dio más explicaciones, y Lilian no se las pidió. Llegaron a la habitación 305, donde sintió un escalofrío recorrerla el cuerpo justo antes de entrar. Sintió una presencia en el interior y maldijo para sus adentros que Daniel no estuviera allí. Dejó a su hija en el suelo y les pidió a las dos que se quedarán ahí. Introdujo una mano bajo el vestido donde tenía sujeta una navaja, pequeña y ligera, pero muy letal.
Respiró profundamente, preparándose para lo peor, y contó hasta tres. 1… 2… y… ¡3!
Giró el pomo de la puerta y la abrió de un portazo, estrellándola contra la pared. Se precipitó dentro con la navaja en alto y la blandió en el aire varias veces, casi a ciegas hasta que el filo rasgó la carne de aquel individuo. Penélope observó con asombro como su herida cicatrizaba hasta cerrarse por completo. Se atrevió a mirarle a los ojos y por alguna extraña razón, no sintió miedo, y eso que sabía que no se trataba de un ángel caído, sino de algo mucho más poderoso, y que no había visto nunca. Un… demonio.
Le sorprendió que, en apariencia, fuera extrañamente joven, de unos dieciocho o diecinueve años, y que tuviera unos ojos del color del cielo y una piel muy blanca.
-Daniel no está-se atrevió a decir Penélope.
-No busco a Daniel-respondió el desconocido, con una voz suave y tranquila.
Penélope observó como su mirada se dirigía hacia su hija Lilian, que se encontraba fuera de la habitación junto a su hermana.
-por encima de mi cadáver-y escupió al suelo con repugnancia.
-¿perdón?
-tendrás que pasar por encima de mí para hacerle daño a mi hija.
El desconocido rió y su risa fue haciéndose cada vez más intensa. Al principio, Penélope creía que se burlaba de ella, pero no era así.
-No quiero hacerle daño a tu hija-dijo-quizá te he asustado por haber entrado sin avisar. Te pido disculpas.
Ella no bajó la guardia, aunque se sentía intrigada.
-¿y entonces qué quieres? ¿no eres un demonio?
-¿un demonio? ¿acaso lo parezco?
-no.
-Exacto. Mi nombre es Elías. Vengo para darte una noticia.
-¿buena o mala?
-depende de por donde lo mires.
Elías se quitó la chaqueta y se sentó en la cama después de quitarse la vaina y dejarla sobre el escritorio.
-Se va a producir una guerra-dijo-y tu hija será el centro de esa rebelión.
-¿qué?-fue lo único que consiguió decir. Su hija, en una guerra. Imposible. Aquello tenía que ser un error. O una broma.
-¿Es una broma?
Elías negó con la cabeza y sus mechones rubios bailaron, desprendiendo un delicioso aroma.
-Ojala lo fuera.
Penélope se guardó la navaja y trató de asimilar aquella información. No le cabía en la cabeza que su hija Lilian, tan pequeña y frágil fuera a ser el centro de una guerra.

-¿Qué tiene que ver mi hija con vuestra estúpida guerra?
-todo. Como sabes, es probable  que tú hija haya heredado algunos poderes de su padre, lo que la convierte en una peligrosa arma, en caso de que los demonios consigan capturarla.  
-Pero mi hija… mi hija aún no ha manifestado ninguna anomalía de ese tipo.
-Lo hará. Estoy seguro. Los demonios llevan tiempo ideando un plan. No sabemos como lo llevarán a cabo pero sí sabemos qué es lo que esperan conseguir; la destrucción del cielo y de la tierra. En ese sentido, los demonios y los ángeles caídos comparten el mismo odio y rencor hacia el todopoderoso y hacia la tierra por lo que están empezando a formarse alianzas. Y ya sabes lo que se dice, la unión hace la fuerza.
-¿Cuál será el cometido de mi hija?
-impedir que los demonios y los ángeles caídos venzan. Pero tranquila, no estará sola. Además cuando llegue el momento, estará preparada-hizo una pausa para que Penélope asimilara la información-es muy importante que tu hija no sepa nada de esto. Debes hacerla creer que tiene una vida normal y que tú no sabes nada de esto.
Penélope asintió, frotándose las manos con nerviosismo. Lilian entró en ese momento en la habitación y cogió su osito de peluche, estrujándolo entre sus brazos. Su madre la observó con detenimiento mientras luchaba por no echarse a llorar.
-¿Cuándo ocurrirá todo?
-Cuando Lilian cumpla los 17 años vendré a por ella.
Ella lo miró con los ojos abiertos como platos.
-¿te… te la llevarás?
-Lo siento.
Elías se levantó de la cama, se colocó el chaquetón y la espada y se arrodilló junto a Lilian con una sonrisa.
-Me alegro de haberte conocido, Lilian. Volveremos a vernos.
-¿Ya te vas?
-Sí, pequeña. Pero no te preocupes, 17 años pasan en seguida.

Y eso era precisamente lo que le preocupaba a su madre. Observó como Elías la besaba en la frente con dulzura y no pudo evitar derramar un par de lágrimas que se amontonaban al borde de sus ojos. 




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