jueves, 6 de noviembre de 2014

relato corto

El corazón me latía a la velocidad del rayo. Tan rápido y descontrolado, que llegué a temer que se me saliera del pecho. Respiré profundamente, para aclarar mis ideas y tratando de mantener mis emociones bien guardadas, en el rincón más más recóndito de mi alma. Con tanto empeño, que comencé a jadear. Cerré los ojos e intenté mantener la calma, pero al abrirlos, la luz y la fuerza de su mirada me cortaron la respiración, como si mis pulmones se hubiesen cerrado de pronto. Se me formó un nudo en el estómago y en la garganta. Él me puso ambas manos sobre los hombros y clavó sus ojos oscuros y profundos en mí, perforándome. Su presencia me hacía sentir como mil puñales ardientes clavándose en mi alma, todos a la vez. Solo conseguí emitir un débil quejido y dejarme caer entre sus brazos. Las piernas me habían fallado y él era fuerte. Muy fuerte. Me acarició los brazos y me susurró al oído, con voz suave y sincera:
-no tienes nada que temer.
Sonreí para mis adentros y lo abracé con la poca fuerza que me quedaba. El sudor resbalaba por mi frente como gotas de lluvia y el amor que sentía por él... Dios, no hace falta que os diga que lo que sentía por él se ve a simple vista.

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