domingo, 21 de diciembre de 2014

EL RENEGADO (5)

Un ángel caído llamado Daniel desafió a las fuerzas del bien y del mal al elegir su propio destino. Ahora, es un renegado que huye de su pasado y que intenta proteger a su hija de un futuro al que está predestinada.


Cuando ya no pudo más se dejó caer de rodillas al suelo y todos los siglos de su existencia cayeron sobre él como losas. No podía tener el estómago más revuelto. Apretó los puños con fuerza clavándose las uñas en la carne. Lo que acababa de suceder se le había incrustado en la mente y cada vez que cerraba los ojos veía el recuerdo de su primera esposa, Mirella, en la imagen de Ninlil, asesinada hace unos instantes por aquellos ángeles caídos. Respiró profundamente antes de levantarse y buscar la facultad de filosofía donde Mihael daba clases a universitarios.
Mihael era un ángel de la segunda jerarquía, una Virtud. Las virtudes son las encargadas de los milagros y en casos extremos son los mensajeros de Dios.
Cuando Daniel se asomó por la puerta todos los estudiantes habían salido ya, y él se encontraba ordenando los exámenes de sus alumnos. Fue directo al grano.
-Mihael-el ángel levantó su mirada celeste de los papeles que había encima de la mesa y clavó sus ojos en él-necesito tu ayuda.
-Daniel-dijo él dejando lo que estaba haciendo-Pensé que no volvería a verte después de lo del diluvio.
-He estado ocupado-respondió Daniel con amargura-fui reclutado por los demás ángeles caídos. Han formado una organización y…
-Sí, algo he oído. Ya desafiaron a Dios una vez, estate tranquilo-y continuó ordenando todo el papeleo.
Daniel, con gesto de fastidio entró dentro del aula y dijo:
-me temo que es mucho peor que eso. Se están fortaleciendo, y pretenden formar una alianza con los demonios, destruir el equilibrio.
Mihael le echó una mirada furiosa y Daniel dio un par de pasos hacia atrás. Antes de su expulsión, Mihael había estado un par de niveles por encima de él, por lo tanto, era su superior. Y sabía reconocer cuando debía callar.
-¡Eso es un disparate! ¡A parte de que es totalmente imposible!
Daniel desvió la mirada. Se sentía molesto e impotente y no sabía cómo explicarle aquella situación.
-Mihael, por favor. Sabes que tengo razón. Los demonios llevan tiempo planeando derrocar al cielo y los Cazadores de Almas se han aprovechado de ello para actuar. Han ideado un plan que en cuanto te lo cuente te dejará helado. Esto es el Apocalipsis. Tienes que llevarme ante la Séptima Orden en seguida
-la Séptima Orden no recibe a cualquiera, y menos a un renegado.
Daniel respiró hondo. Tenía que intentarlo, y contarle a Los Séptimos todo lo que estaba pasando.
-Me he infiltrado en uno de los locales que frecuentan los Cazadores de Almas y he visto con mis propios ojos lo que planean.
Se miraron durante unos instantes. Mihael sabía que tenía razón. Conocía a Daniel. Habían sido amigos en otro tiempo. Aunque de eso ya hacía muchas décadas.
-Está bien. Conseguiré que te reúnas con Los Séptimos. Pero ya puede ser buena tu explicación, porque ya sabes como son.
-Lo sé. Y gracias, te debo una.
Dicho esto, Mihael guardó todos los papeles en una mochila y se la cargó al hombro. Salieron del aula y tras cerrarla con llave juntos fueron a alertar a los siete príncipes del Reino, más conocidos como los arcángeles, del plan que los ángeles caídos y los demonios estaban llevando a cabo.  

Más tarde,  Mihael y Daniel llegaron al lugar dónde se habían de reunir con los Séptimos. Mihael  había contactado con ellos, pero solo cuatro habían aceptado su petición urgente.
Habían quedado en una casa abandonada, para no levantar sospechas. Daniel entró solo, se despidió de su antiguo compañero y respiró hondo.
Los cuatro príncipes que habían acudido a su llamada no se mostraron amenazantes. Se encontraban los cuatro plantados en medio de la casa, totalmente a oscuras. Casi no se les distinguía, pero como por obligación, Daniel se arrodilló al instante cuando ellos se dieron la vuelta.
-¡Levántate!-ordenó una voz grave y severa y él obedeció.
Al principio se mantuvo callado pero consiguió mirarles a la cara e intentar no parecer asustado, que no lo estaba, pero sí un poco nervioso.
-Cuánto tiempo, Daniel-dijo una voz de mujer, tan hermosa como los cantos de las sirenas que cuentan las leyendas, y la belleza de su rostro era cautivador e inigualable.
-Qué es lo que tenías que contarnos, que era tan urgente e importante-dijo una voz masculina, diferente a la primera.
Entonces la luz comenzó a filtrarse por una de las ventanas, iluminando a los cuatro personajes que había frente a él. El primero iba vestido con una túnica de tela de color rojo, con muñequeras del mismo color que le cubrían todo el antebrazo y un cinturón muy ancho y dorado con letras ininteligibles. A su espalda llevaba colgado una espada y unas flechas y en las manos un arco. Su carcacterístico resplandor violeta lo delataba. Era Zadkiel, el arcángel de la transmutación. La mujer que iba a su lado, era inconfundible. Pelo rubio como el oro, alta, ojos celestes, bella como la aurora, vestida con un traje blanco y sandalias. Gabriella, a la que muchos mortales (equivocadamente) conocían como Gabriel, arcángel de la maternidad, la belleza y el arte, rodeada por un precioso resplandor blanco.
Daniel dirigió su mirada hacia el tercero, que vestía con una túnica marrón adornada con objetos plateados y unas sandalias de romano y llevaba una cinta en la cabeza cubriéndole su largo pelo castaño. Era  Jofiel, arcángel de la sabiduría divina y portador de la energía amarilla. Tenía una espada muy larga colgada de la cintura. Por último, el cuarto era Uriel, el arcángel de la curación de enfermedades y suministro de paz, que vestía también con una túnica, aunque dorada de un solo tirante y unas sandalias. Llevaba dos espadas colgadas a la espalda y sus alas, al igual que él mismo, resplandecían de un color oro-rubí.
-¿Y bien?-inquirió saber Zadkiel.
Daniel no sabía por dónde empezar. Los miró uno a uno consecutivamente hasta que decidió tomar aire y empezar su relato por el principio.
-Los demonios nos declararon la guerra-dijo, pasando por alto que aquello ya lo sabían-y los ángeles caídos se han aprovechado de eso para hacerse más fuertes y destruir todo cuánto nos rodea.
Jofiel arqueó una ceja y él y Uriel se miraron.
-Ya estamos al corriente de los planes de nuestros enemigos-replicó Uriel con voz seca-pero, suponiendo que llegaran a intentarlo, no tienen la más mínima posibilidad de derrotar al cielo.
-Con todos mis respetos, Uriel-dijo Daniel, ignorando el respeto, aunque ya no era necesario puesto que ya no pertenecía a su mundo-eso era antes. Si vierais lo que nosotros hemos visto…
Entonces se calló de inmediato al darse cuenta de lo que acababa de hacer. Había hablado en plural lo que significaba que tendría que hablarles de Ninlil, un demonio. Eso podría complicar bastante las cosas.
-¿Tú y quien más?-preguntó Jofiel con una dura y fría mirada.
-Ninlil-dijo él sin rodeos-nos infiltramos en…
-¡un demonio!-era la voz  de Uriel-¿pretendes burlarte de nosotros?
-En absoluto. Solo quiero impedir que cumplan sus objetivos.
-Ese no es tu problema.
-¡No, es el vuestro! ¡pero no puedo permitir que os quedéis de brazos cruzados sin hacer nada!-gritó Daniel olvidando delante de quién estaba. Los cuatro le miraron extrañados.
Gabriella era la única que no parecía enfadada. Dio un par de pasos adelante y le dijo:
-Comprendo tu frustración, Daniel, pero si el problema es tan grave como dices, poco podremos hacer nosotros.
Apretó los puños con fuerza, pero poco a poco se fue tranquilizando. Gabriella no era como los otros arcángeles. Ella siempre solía ponerse en el lugar del otro, incluso a veces se podía atisbar en ella una pizca de humanidad, algo que el resto no poseía.
-¿y qué hacemos? ¿Dejamos que la oscuridad nos devore poco a poco? Me niego a rendirme. Tengo una mujer y una hija. Prometí protegerlas con mi vida.
Daniel estaba que se salía de sí. Zadkiel le dirigió una mirada que helaría la sangre a cualquiera.
-Les protegerías mejor si estuvieras con ellos.
-¿Qué quieres decir con eso?
-quiero decir que vuelvas a casa. Nosotros haremos lo que tengamos que hacer.
Daniel tuvo ganas de estrangularle. El mundo, a punto de acabarse y ellos ignorando la realidad. Miró a Gabriella por última vez y se dio la vuelta para marcharse. Si ellos no hacían nada, regresaría a casa y protegería a su mujer y a su hija como es debido.


En ese mismo instante, al otro lado de la ciudad
 
-¡Nos han encontrado!-gritó Penélope fuera de sí. Cogió a su hija pequeña en brazos mientras empujaba a la mayor con el otro para que se diera prisa.
Aquello era un caos. El enemigo había logrado destruir las defensas que se suponía estaban cubriendo aquel lugar, y niños de todas las edades corrían en todas las direcciones.  Aquello era demencial. Penélope divisó una salida de emergencias a lo lejos y corrió a por ella cuando Katherine se soltó de su mano y se perdió entre la multitud.
-¡Me he olvidado una cosa!-fue lo último que gritó.
-¡Kat!-gritó su madre dándose la vuelta, pero su hija ya había desaparecido. Miró en todas las direcciones pero no la vio por ningún lado. Se acercó al hueco que había debajo de las escaleras y dejó a Lilian en el suelo.
-Quédate aquí, cariño. No te muevas-dijo y corriendo como si le fuera la vida en ello subió las escaleras de tres en tres hasta llegar al piso de arriba.
En la habitación donde se habían alojado, Katherine buscaba un colgante muy preciado para ella, sin tener mucho éxito, y sin saber que acababa de entrar alguien por la puerta. La chiquilla se dio la vuelta y lo miró a los ojos. Aquel hombre, de apariencia normal pero con una mirada mortífera, sostenía un cuchillo con el filo ensangrentado en la mano derecha.
Ella continuó mirándolo, sin inmutarse. Como si no tuviera miedo de la muerte. Poco a poco, el hombre bajó el cuchillo y como si nada hubiera pasado, se marchó.
Penélope entró escopetada en la habitación, tropezándose con la alfombra, y zarandeó a su hija por su insensatez.
-¡Estás loca! ¡Casi me matas!-Había lágrimas en sus ojos, pero cuando comprendió que aquel no era ni el momento ni el lugar, la agarró fuertemente de la mano y juntas bajaron rápidamente las escaleras. Pero cuál fue su horror y su miedo cuándo Penélope descubrió que Lilian no estaba dónde la había dejado. Su corazón se detuvo.
-¡Lilian!-gritó con la voz quebrada por el pánico-busca a tu hermana Kat.
No lo hizo. Katherine solo se limitó a observar a su alrededor cuando tiró de su camiseta para llamar su atención. La mujer se giró hacia ella y siguió la mirada hacia donde se dirigía su dedo. Allí estaba Lilian, hablando con un completo desconocido. No se le veía la cara, pero estaba claro que no era humano. Ahora sí, Penélope palideció. Trató de gritar pero de su garganta solo salieron balbuceos.
El desconocido, vestido con unos pantalones vaqueros desgastados y una capa negra que le llegaba hasta los pies y con la capucha puesta, se arrodilló frente a la pequeña y se introdujo la mano en el bolsillo. De él sacó un colgante que le puso en el cuello con extrema delicadeza. A continuación, se acercó a ella y le susurró algo al oído. Después de esto, Penélope no pudo más, soltó a Katherine de la mano y gritando una retahíla de insultos a aquel tipo y comenzó a dar zancadas hacia él. Aquel se levantó de inmediato, y desapareció detrás de una puerta. Lilian se acercó corriendo a su madre, la cual la abrazó con fuerza.
-¿Estás bien? ¿Te ha hecho daño?-La niña negó con la cabeza-¿Qué te ha dicho mi amor?
La mujer contempló el colgante que su hija llevaba en el cuello, un ave fénix con las alas extendidas.
-Volveremos a vernos.
La mujer palideció. Sintió que se le revolvía el estómago. El ruido del gentío, de los chillidos de los niños en todas las direcciones comenzaba a marearle. De momento, su prioridad era salir de allí, por lo que volvió a coger a su hija en brazos, y le hizo señas a Katherine para que caminara hacia la salida de emergencias.

Cuando llegaron a la puerta, Penélope miró hacia atrás una última vez. Sentía pena por esos pobres niños sin hogar, que eran víctimas de aquel plan malvado del enemigo, fuera cual fuese. Por lo menos, sus dos hijas seguían intactas.      

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