viernes, 26 de diciembre de 2014

EL RENEGADO (6)

Un ángel caído llamado Daniel desafió a las fuerzas del bien y del mal al elegir su propio destino. Ahora, es un renegado que huye de su pasado y que intenta proteger a su hija de un futuro al que está predestinada.

Cuando llegó al lugar donde había dejado a su familia se encontró con todo destruido. Los cadáveres de los niños se apelotonaban en el suelo con sus pequeños cuerpecitos completamente irreconocibles. Olía a humo y cenizas, junto con sangre y carne putrefacta. Daniel empezó a temer por la vida de su hija y se tiró al suelo a rebuscar entre los cadáveres por si reconocía a alguno. Las lágrimas que habían comenzado a aparecer en sus ojos no le permitían ver nada. Solo podía pensar en que había fallado como padre. De su garganta salió un grito de agonía. Sentía tanto dolor en ese momento que no pudo continuar inspeccionando a los cadáveres por miedo a encontrar allí a Lilian. No lo soportaría.
Entonces vio una silueta negra plantada en mitad de aquella carnicería. Entrecerró los ojos para agudizar la vista. Era él. Lo conocía. Habían tenido una extraña conversación tiempo atrás. Miraba al suelo con detenimiento y luego lo miró a él a través de sus ojos color avellana. Después desapareció sin dejar rastro. Daniel se quedó quieto, sin saber qué hacer. Tragó saliva y comenzó a caminar intentando no pisar a los niños, unos encima de otros. Se detuvo justo donde había estado aquel tipo y cayó en la cuenta de que debajo de unos cuantos escombros se encontraba alguien. Daniel se arrodilló por inercia y quitó las piedras.    
-Padre Bartolomé-dijo Daniel tratando de levantarle. Aún estaba vivo, pero tenía una herida muy fea en el vientre. Si aún fuera un ángel quizá habría podido hacer algo, pero con sus poderes tan limitados de ángel caído poco podía hacer él. Hacer milagros no, desde luego. El sacerdote abrió los ojos y miró a Daniel. Tosió varias veces, y apretó con fuerza su mano.
-Destruyeron las defensas-dijo a duras penas-demonios por todas partes. Pocos se han salvado.
Volvió a toser. Daniel lo zarandeó, histérico.
-¿¡Dónde están ellas!?-exigió saber-¿¡están a salvo!?
-Sí-repuso él-han huido al bosque.
Se recostó sobre el suelo y Daniel observó como el padre Bartolomé echaba su último aliento. Apretó los dientes con fuerza y juró que no dejaría que nadie hiciera daño a su familia. Echó a correr lo más rápido que le permitieron sus piernas, saltando cadáveres y escombros de la escuela completamente derruida. Daniel estaba fuera de sí. Agarró el pomo de su espada; técnicamente solo los ángeles y los demonios poseen ese tipo de armas, pero él siempre fue diferente.
Saltó una rama que sobresalía del suelo y cayó a varios metros de distancia. Continuó corriendo con la esperanza de encontrar pronto a su familia.
Sin embargo, sus instintos le decían que alguien le estaba observando. Se detuvo con los nervios agarrotados y esperó unos instantes, escuchando atentamente. De repente, se echó hacia atrás, sin despegar los pies del suelo justo a tiempo de ver pasar una bala a pocos centímetros de su cara. Esta se estrelló contra el tronco de un árbol y Daniel se volvió hacia Araxiel, que le apuntaba con una pistola.
-Di, adios, Daniel-dijo él, a punto de apretar de nuevo el gatillo.
Daniel sonrió y observó que había una rama pesada y suelta encima de su cabeza. Se le ocurrió una idea.
-Adios, Araxiel-y lanzó su espada a modo de boomerang y el filo cortó la rama cayendo de lleno sobre su oponente.
Daniel alcanzó la espada al vuelo y echó a correr antes de que el otro se levantara. Sin embargo, no vio venir a Amudiel que descendió del árbol con un cuchillo bastante grande y afilado. No era celestial ni demoniaco pero suficiente para matar a un ángel caído si lo hacías bien; cortándole la cabeza o descuartizándole, por ejemplo.
-¿A dónde te crees que vas?
Daniel no respondió. Todavía recordaba el día que mató a Mirella y le guardaba mucho rencor.
-Te voy matar-dijo sin rodeos Daniel.
-Pues deberías haber practicado.
-Cuando te arranque los brazos y las piernas del resto de tu cuerpo dejarás de subestimarme, Amudiel.
Amudiel rió y con un grito aterrador se lanzó a por él con el cuchillo por delante. Daniel lo esquivó sin problemas.
-No os saldréis con la vuestra. Esta vez no.
Amudiel sonrió. Esa sonrisa molestó a Daniel que agitó su espada, histérico, para ver si alguno de sus movimientos acertaba en su cuerpo. Amudiel esquivó todos sus movimientos.
-¿Todavía te crees un ángel?-le preguntó, sarcástico, señalando la espada que Daniel sostenía en la mano.
-¡cállate!-le lanzó una estocada directa al corazón, pero su oponente la esquivó, eso sí, tropezándose con las ramas secas del suelo. Eso dio ventaja a Daniel para salir corriendo en busca de su hija. Amudiel se incorporó, cogió su cuchillo del suelo y caminó en la misma dirección. Lentamente. Observó como lo perdía de vista.
Mas adelante, Daniel se apoyaba en un árbol, exhausto. No envainó su espada, por si acaso. Divisó una casita de madera muy escondida entre los arbustos y se dirigió hacia allí. Llamó a la puerta.
-¡Penélope! ¿Estás ahí?-no hubo respuesta-¡Lilian!
Cerró los ojos, mareado. Abrió la puerta de un empujón y encendió la luz, casi a punto de fundirse. Había una cama en el centro de aquel lugar, sin sábanas, solo el colchón. A la izquierda, un baño, muy sucio y a la derecha la cocina. En los cajones no había ni cubiertos, ni platos ni nada. Parecía una casa fantasma.
Daniel se apretó las sienes, temiéndose lo peor.
-Hicimos un trato-susurró-¡hicimos un trato!
No hubo respuesta. Todo seguía en un absoluto silencio.
-No puedes llevártela-dijo con voz quebrada y lágrimas en los ojos.
Se sentó en la cama durante unos segundos que a él le parecieron décadas y lloró en silencio.
-No lo he hecho-dijo una voz a su espalda. Daniel se levantó sobresaltado y miró a aquel individuo a los ojos.
-¿Dónde está?
-en lo más profundo del bosque.
-Hicimos un trato-repitió Daniel, ya más calmado.
-El trato no será válido si ella se opone.
-No lo hará-respondió, convencido.
-Entonces no hay más que hablar-y desapareció.
Daniel se quedó solo en aquel lugar. Durante unos minutos estuvo sentado en la cama, pensativo, hasta que el ruido de unos pasos fuera lo alertaron de que estaba en peligro. Cogió su espada y la agarró con fuerza. Si iba a morir, sería luchando. Se quitó la camiseta con desdén y la tiró a un rincón. Aún continuaba llevando el pentagrama alrededor de su cuello. No sabía cómo aquel objeto había vuelto a su poder. Era símbolo de todo lo que odiaba y despreciaba.
El pomo de la puerta comenzó a girarse y Daniel sintió que el corazón se le encogía.
Sin embargo, no supo si sentirse aliviado o molesto cuando fue Elías el que entró por la puerta y no los ángeles caídos.
-Elías.
-Daniel. No tenemos mucho tiempo-dijo él, con tono inquieto.
-¿Para qué?
-para huir. Tu familia está en el bosque. Las he escondido bien en lo que te encontraba.
Daniel no lo dudó. Se moría por abrazar a Lilian y a Kathe, que, aunque no fuera su hija, la quería igual. Y se moría por besar a Penélope. Quería acabar con esos malditos ángeles caídos que no habían dejado de molestarle desde el día que decidió elegir su destino. Sin embargo…
-¿Cuánto tiempo tenemos?
-lo justo. Démonos prisa.
Daniel asintió con la cabeza. Envainó su espada y respiró profundamente. Elías fue delante. Miró a ambos lados antes de salir y le hizo señas para advertirlo que de momento no había peligro. Había comenzado a llover, pero no eran unas simples gotitas, sino a lo bestia. Se precipitaba una tormenta.  
A penas habían dado un par de pasos, cuando en dirección contraria se escucharon las voces de Amudiel, Araxiel y Asbeel.
-¡Vamos!-apremió Elías cuando Daniel se detuvo.
Odiaba lo que estaba a punto de hacer, pero debía hacerlo.
-no-dijo, rotundo.
-¿Qué?
-no puedo. Ellos nunca dejarán de perseguirnos. Si no es ahora, será mañana, pero tarde o temprano tendré que enfrentarme a ellos.
Elías lo miró con detenimiento y por un momento vio al ángel que una vez había conocido.
-cuida de ellas.
Elías quería impedírselo, pero sabía que debía dejarle. Sabía que ese había sido su destino desde el principio.
-lo haré-respondió el ángel entristecido y se dio la vuelta para marcharse.
-¡Elías!-justo cuando se volvió de nuevo, le lanzó el pentagrama y el otro lo cogió al vuelo.
-Quiero pelear como lo que soy, no como lo que fui.
Elías asintió y agarró aquel símbolo demoníaco entre sus dedos. Daniel se estaba sacrificando por salvar a su hija de lo que algún día sería inevitable.


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