sábado, 27 de diciembre de 2014

EL RENEGADO (7)

Un ángel caído llamado Daniel desafió a las fuerzas del bien y del mal al elegir su propio destino. Ahora, es un renegado que huye de su pasado y que intenta proteger a su hija de un futuro al que está predestinada.

Cuando lo vio llegar, Penélope se sorprendió al no ver a su marido junto a él. Corrió hacia Elías y lo zarandeó.
-¿Dónde está Daniel?-chilló, fuera de sí-¿Dónde está?
Elías no respondió. Lo único que pudo hacer era abrazarla y susurrarle al oído que todo iba a salir bien.
-No-cayeron los dos en la hierba mojada envueltos en un abrazo. Ella lloraba-:no… Daniel… no, por favor…
Elías cada vez la abrazaba más fuerte y ella sentía que el vacío de su pecho se convertía en un agujero negro. Todo a su alrededor desapareció. La lluvia cada vez caía con más fuerza empapándoles. No sabía cómo iba a cuidar de sus hijas ella sola. Se veía totalmente incapaz. Pasó sus brazos alrededor de la cintura del ángel y le apretó contra ella.
-Penélope, escúchame-ella no respondió. Se encontraba aturdida por las circunstancias y por tanta presión.
-protegeré a tus hijas, te lo prometo. Y a ti también. No dejaré que nadie os haga daño.
Le apartó un mechón suelto de la cara. Ojala pudiera hacer algo para calmar su dolor, pero su poder no alcanzaba a tanto. Si hubiera podido habría ayudado a Daniel, pero aquello era algo que debía hacer solo. Él ha elegido su camino. Ha elegido morir a cambio de la vida de su familia.  
-¿Dónde están?
-escondidas-respondió ella sin mirarle a la cara.
-Vamos-la ayudó a levantarse del suelo-os llevaré a un lugar seguro.
No les importaba que estuviera lloviendo a cántaros, solo deseaban llegar cuanto antes al lugar donde se encontraban las niñas para protegerlas de este mal tiempo.
Llegaron a un círculo de árboles con una redondez perfecta y avanzaron hasta llegar a un hueco que había en unos arbustos a modo de cueva. Antes de llegar, Katherine se abalanzó hacia su madre.
-¿Estás bien, cariño?-su hija asintió sin decir nada y ella trató de esconder su malestar. Penélope se acercó al escondite y se inclinó.
-Cariño-Lilian la miró con ojos tristes-tranquila, estás a salvo.
La cogió en brazos para tranquilizarla y protegerla de la lluvia. La pequeña estaba empapada.
-Tengo miedo ¿Dónde está papá?
Su madre no respondió. Grandes lagrimones comenzaron a surcar sus mejillas pero gracias a la lluvia no se notaron.  
-Penélope-la llamó Elías a su espalda-De momento estáis a salvo.
-Gracias Elías, pero…
-Toma.
Elías se acercó a ella y le entregó el pentagrama de Daniel; la estrella de cinco picos.
-Daniel nunca estuvo orgulloso de ser un cazador de almas. Por eso se despidió de esa organización. Aun así quiero que tengas su medallón. Quiero que se lo entregues a tu hija cuando tenga edad para valerse por sí misma.
-No sé si Lilian comprendería…
-Tu hija va a ser muy valiosa en esta partida. Tú eres su madre y depende de ti educarla como lo que es. Ambas estaréis protegidas. Pero solo será temporal. Algún día vendré a llevármela. Y cuando eso suceda, debes dejarla marchar.
Penélope bajó la mirada y un par de lágrimas descendieron por sus mejillas. Todavía no le cabía en la cabeza a lo que su hija tendría que enfrentarse.
-¿Cuándo será eso?
-Dentro de trece años. Tienes que estar preparada, pues también enviarán a un demonio para llevársela al lado oscuro.
Penélope suspiró y giró la cabeza para mirarlo. Se quedó callada un instante, luego dijo:
-llévanos a ese lugar seguro que decías antes.


Horas más tarde, cuando la lluvia había amainado, por fin pudieron estirar las piernas. Penélope permaneció en silencio durante un largo rato, incluso cuando Elías les mostró la casa en la que iban a vivir a partir de ahora.
-Aquí estaréis bien-dijo el ángel-a partir de ahora quiero que llevéis una vida normal.
-¿Cómo podríamos llevar una vida normal después de todo lo que nos ha pasado?
-Pues tendrás que hacerlo. Lilian no puede saber de lo que es capaz. No antes de tiempo. Apúntala a una escuela, que haga amigos, no le hables de nada que tenga que ver con todo esto. Ah, y por supuesto, si ves algo raro en ella, no lo menciones.
La mujer asintió y observó a su hija pequeña cada vez más asombrada por aquel lugar, y por la casa en la que iban a vivir. Elías la llamo y ella se acercó corriendo. Entonces fue cuando se percató del colgante que tenía alrededor del cuello; un ave fénix con las alas extendidas. Lo cogió con delicadeza y lo estuvo observando durante bastante rato.
-¿de donde habéis sacado esto? ¿y por qué lo tiene Lilian alrededor del cuello?
-Ah. Un tipo se lo dio mientras huíamos de la escuela. Lo había olvidado. ¿Por qué? ¿Sabes que es?
Sí lo sabía. Por eso mismo se había puesto pálido. Elías cogió el colgante y lo sostuvo en su mano mientras lo observaba. Aquello era muy extraño y sabía perfectamente a quién pertenecía y lo que significaba. Cerró los ojos y a continuación lo enterró en el jardín, a mucha profundidad. 
-Si volvéis a ver a ese tipo… huid-dijo. Penélope no se atrevió a preguntar. Lilian estaba agachada sobre la hierba, arrancando las flores que había, formando un ramillete y Katherine estaba sentada en el escalón delante de la puerta. Sonrió. No sabía por qué. Quizá porque sus hijas estaban bien. Porque por fin podrían vivir tranquilas.
-¿Qué va a pasar ahora?
-Le borraré la memoria-dijo Elías con decisión.
-¿por qué?
-es preciso que no recuerde nada de lo que ha sucedido. Solo lo que vendrá después. Y que el destino decida.
Antes de marcharse, Elías echó un último vistazo a las niñas y suspiró. Se despidió de Penélope con un beso en la mejilla y ella se quedó pensativa con el pentagrama en la mano, acariciándolo.
Daniel no volvería, y ella lo sabía. Antes de conocerle nunca pensó que se enamoraría de un hombre como él, de un ángel caído. Ahora, no podía imaginar otra cosa, ni soñar con volver a entregar su corazón.

En cuanto entraran en la casa, guardaría el pentagrama donde nadie pudiera encontrarlo jamás. Sin embargo, no tenía el valor para deshacerse de él, y mucho menos, de llegar algún día a entregárselo a su hija. Aún así, tenía la certeza de que lo conservaría para siempre. Aquel objeto, era un pedacito de lo que ella más había amado.     


                                                                            fin 




                                                       ALMAS PERDIDAS 
                                                             Las dos caras 
                                                         
                                                      PROXIMAMENTE 







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